12/06/2012


I want to play a game, the rules are simple.

Vivir es una apuesta, escribir es una apuesta, el encuentro es una apuesta. El azar mismo se regocija entre mis dedos mientras golpeo con frenesí esta idea; es siempre una puerta abierta, sin más luz que la necesaria para no saber sino que es una posibilidad, de ida o de venida.  Pensar que cada momento es un sin fin de dados, entraña necesariamente el abrumante peso de vivir y saber que nada muere: existe una pregunta en el retorno y es eterna, tal como el deseo por el deseo. Así, mientras las manecillas en ese viejo reloj de pared se hacen oblicuas, cada molécula de oxígeno es un riesgo, un atentado lento y doloroso; sí, incluso podríamos elegir no respirar más: es ominosa la majestuosidad de la baraja.

En el juego del azar gana aquel que no tiene nada que perder o mucho que desear. Nos atemoriza a veces pensar que ya todo está perdido y la verdad es que tarde o temprano lo estará: no importa. Es lo que Vietnam le ha enseñado al mundo occidental. La frialdad con la que Dostoievski se entrega al rojo y al negro, esa suerte del decadente que se echa entre convulsiones, ahí la voluntad vital que se enfrenta a la nada, nada tengo, nada pierdo y -aun así- vivo estoy entre fantasmas que añoran el rubor de la sangre, el desastre.  Incluso las piedras sienten el calor del sol: en la cuna del Fenrir no hay lugar para los afectos, pura intensidad deseante, acromática, esperando el corte de cuerda.  

Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amen.

Recordemos en silencio a Galileo, o a cualquier otro hombre que ha sido amenazado de arder en las llamas por jugar con la suerte humana, una sola cosa los une y es que, la verdad de sí mismos, es desposeerse de aquello que con tan irritable tonada en occidente llamamos ‘’Yo’’. David Nebreda escribe con su propia sangre sobre las paredes, grita impúdicamente: Él lo hace, lo necesario por su voluntad en silencio. El horror del azar es la pitia descabellada con la que quizá, en un parpadeo, nos despertamos hoy en la Bastilla, apenas respirando lo suficiente como para sentir el frío acero de la guillotina suspirar en el cuello. Entrecruzamos palabras, saliva, labios y en el fondo, no hay nada más que un ademán de lápida siempre encima del minuto anterior ¿qué nos depara? Nada sino la condena a satisfacer siempre un fotograma a la vez: nunca encontraremos mayor o menor diversión, el Yo es el enemigo, él y su intento exacerbado por continuar algo cuya certeza única es la eternidad de su instante, de su fracción.

Así nos preguntamos a veces, abogando desesperados a un poco de consciencia ¿Cuánto más tendré que cavar hasta ver el otro lado del fondo? Esa vocecilla débil que a veces hace gala de su ineptitud, esa que se pregunta por los límites de las caídas; ese cuerpo dócil y miserable con el que nos identificamos en el espejo, que nos reconoce y que decoramos con suntuosas ropas y mascaradas,  son la razón por la cual, sólo aquél capaz de desprenderse de ello, de su todo, encuentra el amor en la pala y en el cavar, nunca en la tierra que remueve.

Pero el azar no es vacío. Vacío es el momento entre el girar de la ruleta y el detenerse de la pequeña esfera blanca que rueda entre números arbitrarios, no el azar que determina la última parada. El azar es más un proceder lento y desgarrado; una suerte de melancolía por la estrella que en algún momento estalló y nos puso aquí, entre las picas y los bastos; entre su cuerpo y mi cuerpo. Fugaz, evanescente, escucho su golpe entre canciones de cuna y pecados inconclusos. Se va como viene.

-Sólo hicimos el amor y no hablamos más.
-Sí, ¿tienes algo que decir?
-No ¿Tú?
-No.