1/11/2014














-And as I pointed to her there was a chair made of words reality silently vanished. I haven't breathed softer, I haven't felth lighter, ever.-  













12/06/2012


I want to play a game, the rules are simple.

Vivir es una apuesta, escribir es una apuesta, el encuentro es una apuesta. El azar mismo se regocija entre mis dedos mientras golpeo con frenesí esta idea; es siempre una puerta abierta, sin más luz que la necesaria para no saber sino que es una posibilidad, de ida o de venida.  Pensar que cada momento es un sin fin de dados, entraña necesariamente el abrumante peso de vivir y saber que nada muere: existe una pregunta en el retorno y es eterna, tal como el deseo por el deseo. Así, mientras las manecillas en ese viejo reloj de pared se hacen oblicuas, cada molécula de oxígeno es un riesgo, un atentado lento y doloroso; sí, incluso podríamos elegir no respirar más: es ominosa la majestuosidad de la baraja.

En el juego del azar gana aquel que no tiene nada que perder o mucho que desear. Nos atemoriza a veces pensar que ya todo está perdido y la verdad es que tarde o temprano lo estará: no importa. Es lo que Vietnam le ha enseñado al mundo occidental. La frialdad con la que Dostoievski se entrega al rojo y al negro, esa suerte del decadente que se echa entre convulsiones, ahí la voluntad vital que se enfrenta a la nada, nada tengo, nada pierdo y -aun así- vivo estoy entre fantasmas que añoran el rubor de la sangre, el desastre.  Incluso las piedras sienten el calor del sol: en la cuna del Fenrir no hay lugar para los afectos, pura intensidad deseante, acromática, esperando el corte de cuerda.  

Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amen.

Recordemos en silencio a Galileo, o a cualquier otro hombre que ha sido amenazado de arder en las llamas por jugar con la suerte humana, una sola cosa los une y es que, la verdad de sí mismos, es desposeerse de aquello que con tan irritable tonada en occidente llamamos ‘’Yo’’. David Nebreda escribe con su propia sangre sobre las paredes, grita impúdicamente: Él lo hace, lo necesario por su voluntad en silencio. El horror del azar es la pitia descabellada con la que quizá, en un parpadeo, nos despertamos hoy en la Bastilla, apenas respirando lo suficiente como para sentir el frío acero de la guillotina suspirar en el cuello. Entrecruzamos palabras, saliva, labios y en el fondo, no hay nada más que un ademán de lápida siempre encima del minuto anterior ¿qué nos depara? Nada sino la condena a satisfacer siempre un fotograma a la vez: nunca encontraremos mayor o menor diversión, el Yo es el enemigo, él y su intento exacerbado por continuar algo cuya certeza única es la eternidad de su instante, de su fracción.

Así nos preguntamos a veces, abogando desesperados a un poco de consciencia ¿Cuánto más tendré que cavar hasta ver el otro lado del fondo? Esa vocecilla débil que a veces hace gala de su ineptitud, esa que se pregunta por los límites de las caídas; ese cuerpo dócil y miserable con el que nos identificamos en el espejo, que nos reconoce y que decoramos con suntuosas ropas y mascaradas,  son la razón por la cual, sólo aquél capaz de desprenderse de ello, de su todo, encuentra el amor en la pala y en el cavar, nunca en la tierra que remueve.

Pero el azar no es vacío. Vacío es el momento entre el girar de la ruleta y el detenerse de la pequeña esfera blanca que rueda entre números arbitrarios, no el azar que determina la última parada. El azar es más un proceder lento y desgarrado; una suerte de melancolía por la estrella que en algún momento estalló y nos puso aquí, entre las picas y los bastos; entre su cuerpo y mi cuerpo. Fugaz, evanescente, escucho su golpe entre canciones de cuna y pecados inconclusos. Se va como viene.

-Sólo hicimos el amor y no hablamos más.
-Sí, ¿tienes algo que decir?
-No ¿Tú?
-No.   

11/28/2012


La noche concibe su propia imaginería. Se desplaza lentamente, extiende su sombra, erosiona con sutilezas el ánima de sus habitantes.  Las calles se iluminan con una cierta doble moral entre lo sórdido y lo maravilloso, el marco de concreto se cristaliza en lagunas, en ríos enteros de muchedumbre, perdidos  en el paso que marca el reloj cada hora hasta las tres, donde y cuando, implosiona el desfile de vuelta al día: inicia con el amarillo de un taxi y termina con el sol en el rostro.  El ritual de salir, abandonar el nido bajo alguna excusa, romper el hielo, romper el hábito con el hábito mismo. Es curiosa la soledad, es curioso olvidar que incluso en el afuera estamos dentro, demasiado al  interior de nuestras propias faltas. El equipaje del alma pesa y la noche construye la ilusión de liviandad.

Nadie escapa al sueño del salir, nadie podría negar su briosa militancia en los caminantes nocturnos: incluso un sodomita recoleto como el de Foucault, incluso los hombres infames encontrarán noches en las cuales soportar su propio silencio resulta irreconciliable.   Por eso mismo, en la noche se revelan las bestias; el alcohol es sólo un paso; la puerta el primer acorde de la sinfonía.  No obstante, la noche está sobrevalorada. El afuera está sobrevalorado.

Hay grados de inclinación donde la oscuridad asecha, y no por eso se encuentran en los lugares donde los precisamos. Un pliegue de tela se desliza, un aroma, un sabor. La resonancia de la soledad a la cuál siempre rechazamos nos impulsa como estrellas caídas, a buscar en los brazos de la comunidad de los amantes sin rostro, aquello que no podemos encontrar del otro lado de la almohada: un sí mismo transposicionado en  la belleza del silencio, sin bajos, sin altos, sin luces, ahí donde las respiraciones se encuentran. 

Prefiero la espera al afán de la calle, prefiero la luz de interior y la pluma a la polilla de la iluminación pública y el arte urbano. Prefiero el tacto de ese lugar al que llamamos hogar -bien porque huimos de él o porque corremos a él- a la frialdad con la que las calles de esta ciudad, que me es ajena,  abrazan generaciones vacuas, incapaces de valorar aunque sea un milímetro de existencia otra. Preferiría no hacerlo.  Aun, no deja de ser seductora la mirada al abismo; escudriñar en los fondos de todos esos sentimientos áfonos, cada uno en su historia, en su discurrir errático entre callejones: nos hacemos cuerpos sin lugar, evasores de espacio, geometrías no euclidianas.    

This is not my face, and this is not my life, and there is not a single thing here that I can recognize. And this is all a dream, and none of you are real, but I’ll give anything…   

Es justo en ese momento donde el cuerpo empieza a corroerse cándidamente que la verdadera naturaleza se emancipa de las necesidades vicarias; ahí donde caperucita roja toma al lobo entre sus brazos y cuestiona su correspondencia al nihil, lo domestica, le hace suyo.  -Es hora de volver.  En el sueño del artista, todos, indistintamente, somos llamados a R’lyeh. Las sabanas aún conservan el calor de la angustia, esa de existirse: es ahí donde pertenezco.   

11/23/2012


En el hilo de Ariadna se disuelve el camino.

-Su espalda es tersa y de frágil anatomía,  se alarga hacia el cuello y se curva sobre las caderas con la gracia misma que imprime el goce a su paso. Se hace sombra entre sus huesos, delineando los contornos delicadamente, dejando expuestos a la luz fragmentos de piel –islas- pequeños archipiélagos donde perderse, donde olvidar el camino de vuelta.

El cuerpo es un laberinto, sus límites se desdibujan continuamente y sin importar cuan familiar nos pueda parecer: nunca se recorre dos veces el mismo. Refugio de potencias ajenas, de corazones otros, de arritmias y suspiros, de intimidades. Así, mientras  procuramos ahondar un poco el roce de las pieles, se deslizan – siempre sin anunciar- los millares de paredes que entrecruzan el camino de los labios a los iliones. Hay que saber maniobrar la descompuesta brújula del deseo, leer los hilos que se tejen entre las musculaturas para armonizar adecuadamente la métrica y las texturas en la casa del minotauro, del instinto.
                  
-En la base de su nuca la  espina cervical sobresale: un detalle para el deleite de las manos. Alrededor, las efes aviolinadas que son sus clavículas se unen con las escápulas y dan espacio, bajo el mentón, a ese pequeño triángulo de las Bermudas donde  están destinados a hundirse todos los navíos errantes que buscan sus senos.  Enmarcando su rostro prolijo, que se sonroja con facilidad, yacen imponentes como columnas dóricas sus maxilares. Sus labios…
   
En la cuerda de Orfeo se pierde la mirada.

El sonido es el lugar del alma. Desde el primer balbuceo hasta la última exhalación son sólo el ronco eco del corazón en su palpitar desgarrado. Suena la respiración tanto como nos recuerda que tenemos una fecha de expiración, que no duraremos tanto, pero también que hay algo de éter, algo tan distante a lo humano en el fondo de la voz. Una palabra: Aire. Se deforma entre las oleadas atómicas y las bocanadas de humo que nos unen, entre las ondas del piano y el perfume, pues, aunque el cuerpo se sofoque, es la química –su dulce silbido y sus movimientos invisibles- la que nos preexiste y por ende ama, reúne.

-A veces sin noticia, mientras duerme, abrazo el silencio y me encuentro en asombro con el tambor que late entre su pecho. A ojos bien cerrados, puedo ver como se desvanece cualquier angustia, cualquier huida. Es sólo esencia, alma pura para un cuerpo inmaculado; tan ligero que podría flotar.  Tras el laberinto un solo precio, no mirar atrás y soñar sus ojos almendrados con la certeza que al abrir los míos sigan ahí; no mirar al frente pues la miopía es leve pero engañosa y en realidad no hay una salida, sólo elecciones. Sentirle viva y saber a bien  los accidentes geográficos que han sido sólo en función de una de sus sonrisas, le da un sentido ineludible al minuto que ahora sucede, un minuto que tomo entre los puños y sujeto mientras me arrastra su mar.

Alea iacta est.             

11/19/2012



-No sabes nada-

Abrir los ojos, un cigarrillo, una pastilla y un trago. Así empiezan las mañanas en el país de los devoradores de flores, así, nos quitamos el vaho a rosas: digerimos las espinas. Esperamos encontrar en el café las nubes que no se ven a través de la ventana y, por qué no,  correr un poco cuando en realidad nos arrastramos al baño. Escudriñar el papel en su blancura, pensar en escribir algo (otro trago). Pero no sé nada, no quiero saberlo.
Pensaba en la química, esa de las afinidades electivas. Pensaba en aquel cuadro perfecto, de composición estirada, en claroscuro, entre sábanas, nada pero un espejo roto. Pensaba en el azar de los minutos, en su belleza subestimada. Pensaba en ese cuerpo de hace días, ahora tan lejano. Nos contentamos con pensar para no desvariar, tememos al error: Las flores nacen en el estiércol. Un teléfono que no suena más.

-No quiero esto. -

Cantaba al acaso, charlaba al acaso, vivía al día, lanzaba una palabra y se iba, hacía una cosa y huía. Era encantadora. Los recuerdos de Déruchette se desvanecían como se derrite la nieve. Siempre tan hermosamente inaccesible es la voluntad cotidiana. Existir, que terrible mandato. Recordar: ese nido de monotonía. Me maravillo con esa sutil casualidad que lleva a la belleza a implosionar, a invitarme a este lugar -el del papel-  que no deseo, pues inmortaliza aquello cuyo fin es lo efímero, espero al fuego en su baile de cenizas. Aquel que no me acompaña.
Así, son las 4.  Aún no he sentido el vacío, el vértigo, la nada. Al contrario, es sólo otro día, sentado, a la expectativa: esperando ese momento en el que algún ángel de algún lugar desconocido, conciba en mí la maravilla de la sorpresa, del vigor. ¿Cómo llegamos aquí? Absortos en un mar de imágenes y de ideas que creemos defender, observamos como la vida se nos escapa entre los dedos y el reloj sin tratar, aunque sea un poco, de arriesgar los dados.  Somos cobardes, pasivos, al borde del ente esperamos milagros, los inventamos. Que terriblemente humano.


-No digas nada, no quiero saberlo-

¿Por qué nos empeñamos tanto en vivir la normalidad del hoy y huimos de la probabilidad del acaso? El amor está entre accidentes; la felicidad se disipa en segundos; las drogas se acaban pronto; el hígado no soporta y, aun así, la realidad continúa con o sin nuestra noticia de ella. Al soñador que se le pide jamás permitir que su sueño sea interpelado, se le presenta el hombre  más asiduo creyente de lo Real. Satanás nos obliga a elegir, armados con toda fragilidad esperamos el golpe sea ligero, sin entender que el riesgo no es que duela, sino que nunca pase, que la vida no suceda jamás. 


9/16/2011

Vivimos a la vuelta de la esquina. Ese lugar dónde se pierde el territorio entre el afuera y la representación: fantasmáticamente. Añoramos en la hiancia que un tal objeto (A) nos entregue un lugar cálido, aún sabiendo la irremediable consecuencia: No somos nada sino el recuerdo de un azar que alguna vez se jugó en nuestras manos, pero jamás podremos saber de qué cara el dado cayó. No sabemos lo que sabemos. Siempre nos encontraremos atravesados por la ambivalencia, esa tensión que intenta acercarnos al goce; llenando las faltas; llenando lo que está -por definición- originariamente vacío.

Bien hacemos en jugar el juego de la contemporaneidad. Salir -espabilarse un poco- encontrar algo profundo en el cielo-encontrar algo profundo en el suelo-enamorarse-decepcionarse-leer-producir algo de ruido para recordar nuestra propia voz-canturrear. Qué extraña complicidad hay entre tantas almas haciendo lo mismo. Bogotá es una ciudad fría: no de clima, de corazón. Estamos obligados -como la manada de erizos- a acercarnos un poco. No tanto, no tan cerca, puede doler y dolerá. La situación es esta: nos encontramos demasiado ocupados en llenarnos de algo, de alguien, pero demasiado intranquilos para dejar de intentarlo.

Cuanto automatismo. Un hombre entra en un bar y busca a la mujer más bella. Ante su fracaso, busca a la amiga, quien lo llevara irrevocablemente a buscar a la más fea. Así la bella termina sin saber por qué no es capaz de subsidiar sus propios estándares: sola por lo demás. La fea quizá se haga anoréxica, pues el mismo hombre frustrado le señala aquello que en ella no puede tener, algo de tejido adiposo de más o de menos. El mismo hombre entre sus amigos es objeto de burla: subvalorado al nivel de un protozoario con mal gusto. A su vez, estos amigos no son más que hienas; aún suplican una primera vez que le brinde algo de sentido a tanto alarde: la castidad, la condena. La mujer bella sigue yendo al mismo bar esperando a que alguien se le acerque y le hable, se lo pida decentemente y, eventualmente, se despertará algún día en la cama de aquel que le supo decir golfa sin que lo notara. Cuanta insistencia en destruirnos. ¿Acaso nadie más nota que algo en todo esto está teñido con catástrofe?

La ciudad, ese gran anfiteatro, esa nave de locos.

9/11/2011

El alcohol hace que el pensamiento se detenga. Las flores ahora sólo son para los muertos. La música ya no se escribe: se diseña. De vez en cuando se escucha algún silbido en labios de quien recuerda con tristeza que todo pasado fue mejor. Las ciudades ya no arden, se desintegran en el silencioso pasar del polvo y -en algún lugar de ese rio de asfalto- alguien se hunde en la saliva de otro, buscando un choque que de nunca llegar a su boca celebraría el deceso; otra víctima de la post-modernidad. Entre Prada y Channel sólo hay suspiros vacuos. De Sarajevo sólo quedarán los ecos de la negación que occidente nos ha impuesto, aquella imposibilidad para sentir que algo bello se ha roto. Todo lo bello se completa; ya no hay espacio para faltar, para improvisar. Aún así, aquí, en el corazón de un mundo que se cae a plazos, en las fronteras de un prototipo humano; estamos en la carrera por un cuerpo, por una piel que nos recuerde algo que sentir.

-¿Ya ves? Todo está bien.

Cinco palabras que salieron de su boca cuando aún el vaho del vodka invadía sus pulmones; era claro que nada estaba bien pero ¿para qué alarmarle? Es el arte del siglo XXI: callar cuando todo se derrumba, mirar hacia otra parte y evadir las posibilidades de encarar el error, la interferencia, germen por lo demás de toda gloria.

Se ha perdido poco a poco el sentido de la decadencia, esa dulce mirada de mundo que impregnaba todo con lo más profundo de las comedias de la humanidad, con su pasión impredecible. El lobo-humano es ahora un dócil conejillo asustadizo, incapaz de permearse instintivamente sin confeccionar antes la excusa y la ley que reanima su incorrección y la justifica. Ya no hay espíritus libres sino libertades a sueldo, compramos cortesanas al polvo pues tememos vivir demasiado, sentir de más, ahogarnos en el error, extremar sus consecuencias, luego, despertar en algún lugar extraño. Hay que ver lo que ha sucedido, en detalle, hay demasiado horror por nosotros mismos, por la finitud. Las bajezas y las alturas. Existe un afán por pensar de más.

-Me gusta lento. Es perfecto.

Así, donde todo tiembla, donde se nos permite ser, otras cinco palabras inundaron la plenitud de la noche. La belleza anacrónica de su voz recordó en él que había demasiado tiempo para vivir, demasiados minutos entre los dos. Un golpe al goce: estamos vivos. De la completa embriaguez al absoluto placer, sin conexiones, sin transiciones; así es como la vida misma nos recuerda que antes de morir gratamente -dormidos- aún con los ojos bien abiertos la belleza está constituida por faltas, por saltos en el tiempo. No hay tal cosa como una consecuencia, hay acciones indiferenciadas que se translocan las unas sobre las otras y llevan angustiosamente el signo del azar. De todos los azares su cuerpo es sin duda virtuoso. De todos los azares: este texto. Lo sublime no tiene un sentido, es, en tanto carece de todo y sucede.

We passed upon the stair, we spoke in was and when

Although I wasn't there, he said I was his friend

Which came as a surprise, I spoke into his eyes

I thought you died alone, a long long time ago...

-No, not me

We never lost control

-You're face to face

With the man who sold the world.