1/11/2014
12/06/2012
11/28/2012
11/23/2012
Alea iacta est.
11/19/2012
9/16/2011
Vivimos a la vuelta de la esquina. Ese lugar dónde se pierde el territorio entre el afuera y la representación: fantasmáticamente. Añoramos en la hiancia que un tal objeto (A) nos entregue un lugar cálido, aún sabiendo la irremediable consecuencia: No somos nada sino el recuerdo de un azar que alguna vez se jugó en nuestras manos, pero jamás podremos saber de qué cara el dado cayó. No sabemos lo que sabemos. Siempre nos encontraremos atravesados por la ambivalencia, esa tensión que intenta acercarnos al goce; llenando las faltas; llenando lo que está -por definición- originariamente vacío.
Bien hacemos en jugar el juego de la contemporaneidad. Salir -espabilarse un poco- encontrar algo profundo en el cielo-encontrar algo profundo en el suelo-enamorarse-decepcionarse-leer-producir algo de ruido para recordar nuestra propia voz-canturrear. Qué extraña complicidad hay entre tantas almas haciendo lo mismo. Bogotá es una ciudad fría: no de clima, de corazón. Estamos obligados -como la manada de erizos- a acercarnos un poco. No tanto, no tan cerca, puede doler y dolerá. La situación es esta: nos encontramos demasiado ocupados en llenarnos de algo, de alguien, pero demasiado intranquilos para dejar de intentarlo.
Cuanto automatismo. Un hombre entra en un bar y busca a la mujer más bella. Ante su fracaso, busca a la amiga, quien lo llevara irrevocablemente a buscar a la más fea. Así la bella termina sin saber por qué no es capaz de subsidiar sus propios estándares: sola por lo demás. La fea quizá se haga anoréxica, pues el mismo hombre frustrado le señala aquello que en ella no puede tener, algo de tejido adiposo de más o de menos. El mismo hombre entre sus amigos es objeto de burla: subvalorado al nivel de un protozoario con mal gusto. A su vez, estos amigos no son más que hienas; aún suplican una primera vez que le brinde algo de sentido a tanto alarde: la castidad, la condena. La mujer bella sigue yendo al mismo bar esperando a que alguien se le acerque y le hable, se lo pida decentemente y, eventualmente, se despertará algún día en la cama de aquel que le supo decir golfa sin que lo notara. Cuanta insistencia en destruirnos. ¿Acaso nadie más nota que algo en todo esto está teñido con catástrofe?
La ciudad, ese gran anfiteatro, esa nave de locos.
9/11/2011
El alcohol hace que el pensamiento se detenga. Las flores ahora sólo son para los muertos. La música ya no se escribe: se diseña. De vez en cuando se escucha algún silbido en labios de quien recuerda con tristeza que todo pasado fue mejor. Las ciudades ya no arden, se desintegran en el silencioso pasar del polvo y -en algún lugar de ese rio de asfalto- alguien se hunde en la saliva de otro, buscando un choque que de nunca llegar a su boca celebraría el deceso; otra víctima de la post-modernidad. Entre Prada y Channel sólo hay suspiros vacuos. De Sarajevo sólo quedarán los ecos de la negación que occidente nos ha impuesto, aquella imposibilidad para sentir que algo bello se ha roto. Todo lo bello se completa; ya no hay espacio para faltar, para improvisar. Aún así, aquí, en el corazón de un mundo que se cae a plazos, en las fronteras de un prototipo humano; estamos en la carrera por un cuerpo, por una piel que nos recuerde algo que sentir.
-¿Ya ves? Todo está bien.
Cinco palabras que salieron de su boca cuando aún el vaho del vodka invadía sus pulmones; era claro que nada estaba bien pero ¿para qué alarmarle? Es el arte del siglo XXI: callar cuando todo se derrumba, mirar hacia otra parte y evadir las posibilidades de encarar el error, la interferencia, germen por lo demás de toda gloria.
Se ha perdido poco a poco el sentido de la decadencia, esa dulce mirada de mundo que impregnaba todo con lo más profundo de las comedias de la humanidad, con su pasión impredecible. El lobo-humano es ahora un dócil conejillo asustadizo, incapaz de permearse instintivamente sin confeccionar antes la excusa y la ley que reanima su incorrección y la justifica. Ya no hay espíritus libres sino libertades a sueldo, compramos cortesanas al polvo pues tememos vivir demasiado, sentir de más, ahogarnos en el error, extremar sus consecuencias, luego, despertar en algún lugar extraño. Hay que ver lo que ha sucedido, en detalle, hay demasiado horror por nosotros mismos, por la finitud. Las bajezas y las alturas. Existe un afán por pensar de más.
-Me gusta lento. Es perfecto.
Así, donde todo tiembla, donde se nos permite ser, otras cinco palabras inundaron la plenitud de la noche. La belleza anacrónica de su voz recordó en él que había demasiado tiempo para vivir, demasiados minutos entre los dos. Un golpe al goce: estamos vivos. De la completa embriaguez al absoluto placer, sin conexiones, sin transiciones; así es como la vida misma nos recuerda que antes de morir gratamente -dormidos- aún con los ojos bien abiertos la belleza está constituida por faltas, por saltos en el tiempo. No hay tal cosa como una consecuencia, hay acciones indiferenciadas que se translocan las unas sobre las otras y llevan angustiosamente el signo del azar. De todos los azares su cuerpo es sin duda virtuoso. De todos los azares: este texto. Lo sublime no tiene un sentido, es, en tanto carece de todo y sucede.
We passed upon the stair, we spoke in was and when
Although I wasn't there, he said I was his friend
Which came as a surprise, I spoke into his eyes
I thought you died alone, a long long time ago...
-No, not me
We never lost control
-You're face to face
With the man who sold the world.
