I want to play a game,
the rules are simple.
Vivir es una apuesta, escribir es
una apuesta, el encuentro es una apuesta. El azar mismo se regocija entre mis
dedos mientras golpeo con frenesí esta idea; es siempre una puerta abierta, sin
más luz que la necesaria para no saber sino que es una posibilidad, de ida o de
venida. Pensar que cada momento es un
sin fin de dados, entraña necesariamente el abrumante peso de vivir y saber que
nada muere: existe una pregunta en el retorno y es eterna, tal como el deseo
por el deseo. Así, mientras las manecillas en ese viejo reloj de pared se hacen
oblicuas, cada molécula de oxígeno es un riesgo, un atentado lento y doloroso;
sí, incluso podríamos elegir no respirar más: es ominosa la majestuosidad de la
baraja.
En el juego del azar gana aquel
que no tiene nada que perder o mucho que desear. Nos atemoriza a veces pensar
que ya todo está perdido y la verdad es que tarde o temprano lo estará: no importa.
Es lo que Vietnam le ha enseñado al mundo occidental. La frialdad con la que
Dostoievski se entrega al rojo y al negro, esa suerte del decadente que se echa
entre convulsiones, ahí la voluntad vital que se enfrenta a la nada, nada tengo, nada pierdo y -aun así- vivo
estoy entre fantasmas que añoran el rubor de la sangre, el desastre. Incluso las piedras sienten el calor del sol:
en la cuna del Fenrir no hay lugar
para los afectos, pura intensidad deseante, acromática, esperando el corte de
cuerda.
Sancta
Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae.
Amen.
Recordemos en silencio a Galileo,
o a cualquier otro hombre que ha sido amenazado de arder en las llamas por
jugar con la suerte humana, una sola cosa los une y es que, la verdad de sí
mismos, es desposeerse de aquello que con tan irritable tonada en occidente
llamamos ‘’Yo’’. David Nebreda escribe con su propia sangre sobre las paredes,
grita impúdicamente: Él lo hace, lo
necesario por su voluntad en silencio. El horror del azar es la pitia
descabellada con la que quizá, en un parpadeo, nos despertamos hoy en la
Bastilla, apenas respirando lo suficiente como para sentir el frío acero de la
guillotina suspirar en el cuello. Entrecruzamos palabras, saliva, labios y en
el fondo, no hay nada más que un ademán de lápida siempre encima del minuto anterior
¿qué nos depara? Nada sino la condena a satisfacer siempre un fotograma a la
vez: nunca encontraremos mayor o menor diversión, el Yo es el enemigo, él y su
intento exacerbado por continuar algo cuya certeza única es la eternidad de su
instante, de su fracción.
Así nos preguntamos a veces,
abogando desesperados a un poco de consciencia ¿Cuánto más tendré que cavar
hasta ver el otro lado del fondo? Esa vocecilla débil que a veces hace gala de
su ineptitud, esa que se pregunta por los límites de las caídas; ese cuerpo
dócil y miserable con el que nos identificamos en el espejo, que nos reconoce y
que decoramos con suntuosas ropas y mascaradas,
son la razón por la cual, sólo aquél capaz de desprenderse de ello, de
su todo, encuentra el amor en la pala y en el cavar, nunca en la tierra que
remueve.
Pero el azar no es vacío. Vacío
es el momento entre el girar de la ruleta y el detenerse de la pequeña esfera
blanca que rueda entre números arbitrarios, no el azar que determina la última
parada. El azar es más un proceder lento y desgarrado; una suerte de melancolía
por la estrella que en algún momento estalló y nos puso aquí, entre las picas y
los bastos; entre su cuerpo y mi cuerpo. Fugaz, evanescente, escucho su golpe
entre canciones de cuna y pecados inconclusos. Se va como viene.
-Sólo hicimos el amor y no hablamos más.
-Sí, ¿tienes algo que decir?
-No ¿Tú?
-No.
