11/23/2012


En el hilo de Ariadna se disuelve el camino.

-Su espalda es tersa y de frágil anatomía,  se alarga hacia el cuello y se curva sobre las caderas con la gracia misma que imprime el goce a su paso. Se hace sombra entre sus huesos, delineando los contornos delicadamente, dejando expuestos a la luz fragmentos de piel –islas- pequeños archipiélagos donde perderse, donde olvidar el camino de vuelta.

El cuerpo es un laberinto, sus límites se desdibujan continuamente y sin importar cuan familiar nos pueda parecer: nunca se recorre dos veces el mismo. Refugio de potencias ajenas, de corazones otros, de arritmias y suspiros, de intimidades. Así, mientras  procuramos ahondar un poco el roce de las pieles, se deslizan – siempre sin anunciar- los millares de paredes que entrecruzan el camino de los labios a los iliones. Hay que saber maniobrar la descompuesta brújula del deseo, leer los hilos que se tejen entre las musculaturas para armonizar adecuadamente la métrica y las texturas en la casa del minotauro, del instinto.
                  
-En la base de su nuca la  espina cervical sobresale: un detalle para el deleite de las manos. Alrededor, las efes aviolinadas que son sus clavículas se unen con las escápulas y dan espacio, bajo el mentón, a ese pequeño triángulo de las Bermudas donde  están destinados a hundirse todos los navíos errantes que buscan sus senos.  Enmarcando su rostro prolijo, que se sonroja con facilidad, yacen imponentes como columnas dóricas sus maxilares. Sus labios…
   
En la cuerda de Orfeo se pierde la mirada.

El sonido es el lugar del alma. Desde el primer balbuceo hasta la última exhalación son sólo el ronco eco del corazón en su palpitar desgarrado. Suena la respiración tanto como nos recuerda que tenemos una fecha de expiración, que no duraremos tanto, pero también que hay algo de éter, algo tan distante a lo humano en el fondo de la voz. Una palabra: Aire. Se deforma entre las oleadas atómicas y las bocanadas de humo que nos unen, entre las ondas del piano y el perfume, pues, aunque el cuerpo se sofoque, es la química –su dulce silbido y sus movimientos invisibles- la que nos preexiste y por ende ama, reúne.

-A veces sin noticia, mientras duerme, abrazo el silencio y me encuentro en asombro con el tambor que late entre su pecho. A ojos bien cerrados, puedo ver como se desvanece cualquier angustia, cualquier huida. Es sólo esencia, alma pura para un cuerpo inmaculado; tan ligero que podría flotar.  Tras el laberinto un solo precio, no mirar atrás y soñar sus ojos almendrados con la certeza que al abrir los míos sigan ahí; no mirar al frente pues la miopía es leve pero engañosa y en realidad no hay una salida, sólo elecciones. Sentirle viva y saber a bien  los accidentes geográficos que han sido sólo en función de una de sus sonrisas, le da un sentido ineludible al minuto que ahora sucede, un minuto que tomo entre los puños y sujeto mientras me arrastra su mar.

Alea iacta est.             

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