En el hilo de Ariadna se disuelve el camino.
-Su espalda es tersa y de frágil
anatomía, se alarga hacia el cuello y se
curva sobre las caderas con la gracia misma que imprime el goce a su paso. Se
hace sombra entre sus huesos, delineando los contornos delicadamente, dejando
expuestos a la luz fragmentos de piel –islas- pequeños archipiélagos donde
perderse, donde olvidar el camino de vuelta.
El cuerpo es un laberinto, sus
límites se desdibujan continuamente y sin importar cuan familiar nos pueda
parecer: nunca se recorre dos veces el mismo. Refugio de potencias ajenas, de
corazones otros, de arritmias y suspiros, de intimidades. Así, mientras procuramos ahondar un poco el roce de las
pieles, se deslizan – siempre sin anunciar- los millares de paredes que
entrecruzan el camino de los labios a los iliones. Hay que saber maniobrar la
descompuesta brújula del deseo, leer los hilos que se tejen entre las musculaturas
para armonizar adecuadamente la métrica y las texturas en la casa del minotauro,
del instinto.
-En la base de su nuca la espina cervical sobresale: un detalle para el
deleite de las manos. Alrededor, las efes aviolinadas que son sus clavículas se
unen con las escápulas y dan espacio, bajo el mentón, a ese pequeño triángulo
de las Bermudas donde están destinados a
hundirse todos los navíos errantes que buscan sus senos. Enmarcando su rostro prolijo, que se sonroja
con facilidad, yacen imponentes como columnas dóricas sus maxilares. Sus labios…
En la cuerda de Orfeo se pierde la mirada.
El sonido es el lugar del alma.
Desde el primer balbuceo hasta la última exhalación son sólo el ronco eco del corazón
en su palpitar desgarrado. Suena la respiración tanto como nos recuerda que tenemos
una fecha de expiración, que no duraremos tanto, pero también que hay algo de
éter, algo tan distante a lo humano en el fondo de la voz. Una palabra: Aire.
Se deforma entre las oleadas atómicas y las bocanadas de humo que nos unen,
entre las ondas del piano y el perfume, pues, aunque el cuerpo se sofoque, es
la química –su dulce silbido y sus movimientos invisibles- la que nos preexiste
y por ende ama, reúne.
-A veces sin noticia, mientras
duerme, abrazo el silencio y me encuentro en asombro con el tambor que late
entre su pecho. A ojos bien cerrados, puedo ver como se desvanece cualquier
angustia, cualquier huida. Es sólo esencia, alma pura para un cuerpo
inmaculado; tan ligero que podría flotar. Tras el laberinto un solo precio, no mirar
atrás y soñar sus ojos almendrados con la certeza que al abrir los míos sigan
ahí; no mirar al frente pues la miopía es leve pero engañosa y en realidad no
hay una salida, sólo elecciones. Sentirle viva y saber a bien los accidentes geográficos que han sido sólo
en función de una de sus sonrisas, le da un sentido ineludible al minuto que
ahora sucede, un minuto que tomo entre los puños y sujeto mientras me arrastra
su mar.
Alea iacta est.
Alea iacta est.

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