La noche concibe su propia imaginería.
Se desplaza lentamente, extiende su sombra, erosiona con sutilezas el ánima de
sus habitantes. Las calles se iluminan
con una cierta doble moral entre lo sórdido y lo maravilloso, el marco de
concreto se cristaliza en lagunas, en ríos enteros de muchedumbre, perdidos en el paso que marca el reloj cada hora hasta
las tres, donde y cuando, implosiona el desfile de vuelta al día: inicia con el
amarillo de un taxi y termina con el sol en el rostro. El ritual de salir, abandonar el nido bajo
alguna excusa, romper el hielo, romper el hábito con el hábito mismo. Es
curiosa la soledad, es curioso olvidar que incluso en el afuera estamos dentro,
demasiado al interior de nuestras
propias faltas. El equipaje del alma pesa y la noche construye la ilusión de
liviandad.
Nadie escapa al sueño del salir,
nadie podría negar su briosa militancia en los
caminantes nocturnos: incluso un sodomita recoleto como el de Foucault,
incluso los hombres infames encontrarán noches en las cuales soportar su propio
silencio resulta irreconciliable. Por
eso mismo, en la noche se revelan las bestias; el alcohol es sólo un paso; la
puerta el primer acorde de la sinfonía. No
obstante, la noche está sobrevalorada. El afuera está sobrevalorado.
Hay grados de inclinación donde
la oscuridad asecha, y no por eso se encuentran en los lugares donde los
precisamos. Un pliegue de tela se desliza, un aroma, un sabor. La resonancia de
la soledad a la cuál siempre rechazamos nos impulsa como estrellas caídas, a buscar
en los brazos de la comunidad de los amantes sin rostro, aquello que no podemos
encontrar del otro lado de la almohada: un sí mismo transposicionado en la belleza del silencio, sin bajos, sin altos,
sin luces, ahí donde las respiraciones se encuentran.
Prefiero la espera al afán de la
calle, prefiero la luz de interior y la pluma a la polilla de la iluminación
pública y el arte urbano. Prefiero el tacto de ese lugar al que llamamos hogar
-bien porque huimos de él o porque corremos a él- a la frialdad con la que las
calles de esta ciudad, que me es ajena, abrazan generaciones vacuas, incapaces de
valorar aunque sea un milímetro de existencia otra. Preferiría no hacerlo. Aun,
no deja de ser seductora la mirada al abismo; escudriñar en los fondos de todos
esos sentimientos áfonos, cada uno en su historia, en su discurrir errático
entre callejones: nos hacemos cuerpos sin lugar, evasores de espacio,
geometrías no euclidianas.
This is not my face, and this is not my life,
and there is not a single thing here that I can recognize. And this is all a
dream, and none of you are real, but I’ll give anything…
Es justo en ese momento donde el cuerpo empieza a corroerse
cándidamente que la verdadera naturaleza se emancipa de las necesidades
vicarias; ahí donde caperucita roja toma al lobo entre sus brazos y cuestiona
su correspondencia al nihil, lo domestica, le hace suyo. -Es
hora de volver. En el sueño del
artista, todos, indistintamente, somos llamados a R’lyeh. Las sabanas aún
conservan el calor de la angustia, esa de existirse: es ahí donde pertenezco.

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