11/28/2012


La noche concibe su propia imaginería. Se desplaza lentamente, extiende su sombra, erosiona con sutilezas el ánima de sus habitantes.  Las calles se iluminan con una cierta doble moral entre lo sórdido y lo maravilloso, el marco de concreto se cristaliza en lagunas, en ríos enteros de muchedumbre, perdidos  en el paso que marca el reloj cada hora hasta las tres, donde y cuando, implosiona el desfile de vuelta al día: inicia con el amarillo de un taxi y termina con el sol en el rostro.  El ritual de salir, abandonar el nido bajo alguna excusa, romper el hielo, romper el hábito con el hábito mismo. Es curiosa la soledad, es curioso olvidar que incluso en el afuera estamos dentro, demasiado al  interior de nuestras propias faltas. El equipaje del alma pesa y la noche construye la ilusión de liviandad.

Nadie escapa al sueño del salir, nadie podría negar su briosa militancia en los caminantes nocturnos: incluso un sodomita recoleto como el de Foucault, incluso los hombres infames encontrarán noches en las cuales soportar su propio silencio resulta irreconciliable.   Por eso mismo, en la noche se revelan las bestias; el alcohol es sólo un paso; la puerta el primer acorde de la sinfonía.  No obstante, la noche está sobrevalorada. El afuera está sobrevalorado.

Hay grados de inclinación donde la oscuridad asecha, y no por eso se encuentran en los lugares donde los precisamos. Un pliegue de tela se desliza, un aroma, un sabor. La resonancia de la soledad a la cuál siempre rechazamos nos impulsa como estrellas caídas, a buscar en los brazos de la comunidad de los amantes sin rostro, aquello que no podemos encontrar del otro lado de la almohada: un sí mismo transposicionado en  la belleza del silencio, sin bajos, sin altos, sin luces, ahí donde las respiraciones se encuentran. 

Prefiero la espera al afán de la calle, prefiero la luz de interior y la pluma a la polilla de la iluminación pública y el arte urbano. Prefiero el tacto de ese lugar al que llamamos hogar -bien porque huimos de él o porque corremos a él- a la frialdad con la que las calles de esta ciudad, que me es ajena,  abrazan generaciones vacuas, incapaces de valorar aunque sea un milímetro de existencia otra. Preferiría no hacerlo.  Aun, no deja de ser seductora la mirada al abismo; escudriñar en los fondos de todos esos sentimientos áfonos, cada uno en su historia, en su discurrir errático entre callejones: nos hacemos cuerpos sin lugar, evasores de espacio, geometrías no euclidianas.    

This is not my face, and this is not my life, and there is not a single thing here that I can recognize. And this is all a dream, and none of you are real, but I’ll give anything…   

Es justo en ese momento donde el cuerpo empieza a corroerse cándidamente que la verdadera naturaleza se emancipa de las necesidades vicarias; ahí donde caperucita roja toma al lobo entre sus brazos y cuestiona su correspondencia al nihil, lo domestica, le hace suyo.  -Es hora de volver.  En el sueño del artista, todos, indistintamente, somos llamados a R’lyeh. Las sabanas aún conservan el calor de la angustia, esa de existirse: es ahí donde pertenezco.   

11/23/2012


En el hilo de Ariadna se disuelve el camino.

-Su espalda es tersa y de frágil anatomía,  se alarga hacia el cuello y se curva sobre las caderas con la gracia misma que imprime el goce a su paso. Se hace sombra entre sus huesos, delineando los contornos delicadamente, dejando expuestos a la luz fragmentos de piel –islas- pequeños archipiélagos donde perderse, donde olvidar el camino de vuelta.

El cuerpo es un laberinto, sus límites se desdibujan continuamente y sin importar cuan familiar nos pueda parecer: nunca se recorre dos veces el mismo. Refugio de potencias ajenas, de corazones otros, de arritmias y suspiros, de intimidades. Así, mientras  procuramos ahondar un poco el roce de las pieles, se deslizan – siempre sin anunciar- los millares de paredes que entrecruzan el camino de los labios a los iliones. Hay que saber maniobrar la descompuesta brújula del deseo, leer los hilos que se tejen entre las musculaturas para armonizar adecuadamente la métrica y las texturas en la casa del minotauro, del instinto.
                  
-En la base de su nuca la  espina cervical sobresale: un detalle para el deleite de las manos. Alrededor, las efes aviolinadas que son sus clavículas se unen con las escápulas y dan espacio, bajo el mentón, a ese pequeño triángulo de las Bermudas donde  están destinados a hundirse todos los navíos errantes que buscan sus senos.  Enmarcando su rostro prolijo, que se sonroja con facilidad, yacen imponentes como columnas dóricas sus maxilares. Sus labios…
   
En la cuerda de Orfeo se pierde la mirada.

El sonido es el lugar del alma. Desde el primer balbuceo hasta la última exhalación son sólo el ronco eco del corazón en su palpitar desgarrado. Suena la respiración tanto como nos recuerda que tenemos una fecha de expiración, que no duraremos tanto, pero también que hay algo de éter, algo tan distante a lo humano en el fondo de la voz. Una palabra: Aire. Se deforma entre las oleadas atómicas y las bocanadas de humo que nos unen, entre las ondas del piano y el perfume, pues, aunque el cuerpo se sofoque, es la química –su dulce silbido y sus movimientos invisibles- la que nos preexiste y por ende ama, reúne.

-A veces sin noticia, mientras duerme, abrazo el silencio y me encuentro en asombro con el tambor que late entre su pecho. A ojos bien cerrados, puedo ver como se desvanece cualquier angustia, cualquier huida. Es sólo esencia, alma pura para un cuerpo inmaculado; tan ligero que podría flotar.  Tras el laberinto un solo precio, no mirar atrás y soñar sus ojos almendrados con la certeza que al abrir los míos sigan ahí; no mirar al frente pues la miopía es leve pero engañosa y en realidad no hay una salida, sólo elecciones. Sentirle viva y saber a bien  los accidentes geográficos que han sido sólo en función de una de sus sonrisas, le da un sentido ineludible al minuto que ahora sucede, un minuto que tomo entre los puños y sujeto mientras me arrastra su mar.

Alea iacta est.             

11/19/2012



-No sabes nada-

Abrir los ojos, un cigarrillo, una pastilla y un trago. Así empiezan las mañanas en el país de los devoradores de flores, así, nos quitamos el vaho a rosas: digerimos las espinas. Esperamos encontrar en el café las nubes que no se ven a través de la ventana y, por qué no,  correr un poco cuando en realidad nos arrastramos al baño. Escudriñar el papel en su blancura, pensar en escribir algo (otro trago). Pero no sé nada, no quiero saberlo.
Pensaba en la química, esa de las afinidades electivas. Pensaba en aquel cuadro perfecto, de composición estirada, en claroscuro, entre sábanas, nada pero un espejo roto. Pensaba en el azar de los minutos, en su belleza subestimada. Pensaba en ese cuerpo de hace días, ahora tan lejano. Nos contentamos con pensar para no desvariar, tememos al error: Las flores nacen en el estiércol. Un teléfono que no suena más.

-No quiero esto. -

Cantaba al acaso, charlaba al acaso, vivía al día, lanzaba una palabra y se iba, hacía una cosa y huía. Era encantadora. Los recuerdos de Déruchette se desvanecían como se derrite la nieve. Siempre tan hermosamente inaccesible es la voluntad cotidiana. Existir, que terrible mandato. Recordar: ese nido de monotonía. Me maravillo con esa sutil casualidad que lleva a la belleza a implosionar, a invitarme a este lugar -el del papel-  que no deseo, pues inmortaliza aquello cuyo fin es lo efímero, espero al fuego en su baile de cenizas. Aquel que no me acompaña.
Así, son las 4.  Aún no he sentido el vacío, el vértigo, la nada. Al contrario, es sólo otro día, sentado, a la expectativa: esperando ese momento en el que algún ángel de algún lugar desconocido, conciba en mí la maravilla de la sorpresa, del vigor. ¿Cómo llegamos aquí? Absortos en un mar de imágenes y de ideas que creemos defender, observamos como la vida se nos escapa entre los dedos y el reloj sin tratar, aunque sea un poco, de arriesgar los dados.  Somos cobardes, pasivos, al borde del ente esperamos milagros, los inventamos. Que terriblemente humano.


-No digas nada, no quiero saberlo-

¿Por qué nos empeñamos tanto en vivir la normalidad del hoy y huimos de la probabilidad del acaso? El amor está entre accidentes; la felicidad se disipa en segundos; las drogas se acaban pronto; el hígado no soporta y, aun así, la realidad continúa con o sin nuestra noticia de ella. Al soñador que se le pide jamás permitir que su sueño sea interpelado, se le presenta el hombre  más asiduo creyente de lo Real. Satanás nos obliga a elegir, armados con toda fragilidad esperamos el golpe sea ligero, sin entender que el riesgo no es que duela, sino que nunca pase, que la vida no suceda jamás.