-No sabes nada-
Abrir los ojos, un cigarrillo,
una pastilla y un trago. Así empiezan las mañanas en el país de los devoradores
de flores, así, nos quitamos el vaho a rosas: digerimos las espinas. Esperamos
encontrar en el café las nubes que no se ven a través de la ventana y, por qué
no, correr un poco cuando en realidad
nos arrastramos al baño. Escudriñar el papel en su blancura, pensar en escribir
algo (otro trago). Pero no sé nada, no quiero saberlo.
Pensaba en la química, esa de las afinidades electivas. Pensaba en
aquel cuadro perfecto, de composición estirada, en claroscuro, entre sábanas,
nada pero un espejo roto. Pensaba en el azar de los minutos, en su belleza
subestimada. Pensaba en ese cuerpo de hace días, ahora tan lejano. Nos contentamos
con pensar para no desvariar, tememos al error: Las flores nacen en el estiércol.
Un teléfono que no suena más.
-No quiero esto. -
Cantaba al acaso, charlaba al acaso, vivía al día, lanzaba una palabra y se
iba, hacía una cosa y huía. Era encantadora. Los recuerdos de Déruchette se
desvanecían como se derrite la nieve. Siempre tan hermosamente inaccesible es la
voluntad cotidiana. Existir, que terrible mandato. Recordar: ese nido de
monotonía. Me maravillo con esa sutil casualidad que lleva a la belleza a
implosionar, a invitarme a este lugar -el del papel- que no deseo, pues inmortaliza aquello cuyo
fin es lo efímero, espero al fuego en su baile de cenizas. Aquel que no me acompaña.
Así, son las 4.
Aún no he sentido el vacío, el vértigo, la nada. Al contrario, es sólo
otro día, sentado, a la expectativa: esperando ese momento en el que algún ángel
de algún lugar desconocido, conciba en mí la maravilla de la sorpresa, del
vigor. ¿Cómo llegamos aquí? Absortos en un mar de imágenes y de ideas que
creemos defender, observamos como la vida se nos escapa entre los dedos y el
reloj sin tratar, aunque sea un poco, de arriesgar los dados. Somos cobardes, pasivos, al borde del ente
esperamos milagros, los inventamos. Que terriblemente humano.
-No digas nada, no quiero saberlo-
¿Por qué nos empeñamos tanto en vivir la normalidad
del hoy y huimos de la probabilidad del acaso? El amor está entre accidentes;
la felicidad se disipa en segundos; las drogas se acaban pronto; el hígado no
soporta y, aun así, la realidad continúa con o sin nuestra noticia de ella.
Al soñador que se le pide jamás permitir que su sueño sea interpelado, se le
presenta el hombre más asiduo creyente
de lo Real. Satanás nos obliga a elegir, armados con toda fragilidad esperamos
el golpe sea ligero, sin entender que el riesgo no es que duela, sino que nunca
pase, que la vida no suceda jamás.

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