11/19/2012



-No sabes nada-

Abrir los ojos, un cigarrillo, una pastilla y un trago. Así empiezan las mañanas en el país de los devoradores de flores, así, nos quitamos el vaho a rosas: digerimos las espinas. Esperamos encontrar en el café las nubes que no se ven a través de la ventana y, por qué no,  correr un poco cuando en realidad nos arrastramos al baño. Escudriñar el papel en su blancura, pensar en escribir algo (otro trago). Pero no sé nada, no quiero saberlo.
Pensaba en la química, esa de las afinidades electivas. Pensaba en aquel cuadro perfecto, de composición estirada, en claroscuro, entre sábanas, nada pero un espejo roto. Pensaba en el azar de los minutos, en su belleza subestimada. Pensaba en ese cuerpo de hace días, ahora tan lejano. Nos contentamos con pensar para no desvariar, tememos al error: Las flores nacen en el estiércol. Un teléfono que no suena más.

-No quiero esto. -

Cantaba al acaso, charlaba al acaso, vivía al día, lanzaba una palabra y se iba, hacía una cosa y huía. Era encantadora. Los recuerdos de Déruchette se desvanecían como se derrite la nieve. Siempre tan hermosamente inaccesible es la voluntad cotidiana. Existir, que terrible mandato. Recordar: ese nido de monotonía. Me maravillo con esa sutil casualidad que lleva a la belleza a implosionar, a invitarme a este lugar -el del papel-  que no deseo, pues inmortaliza aquello cuyo fin es lo efímero, espero al fuego en su baile de cenizas. Aquel que no me acompaña.
Así, son las 4.  Aún no he sentido el vacío, el vértigo, la nada. Al contrario, es sólo otro día, sentado, a la expectativa: esperando ese momento en el que algún ángel de algún lugar desconocido, conciba en mí la maravilla de la sorpresa, del vigor. ¿Cómo llegamos aquí? Absortos en un mar de imágenes y de ideas que creemos defender, observamos como la vida se nos escapa entre los dedos y el reloj sin tratar, aunque sea un poco, de arriesgar los dados.  Somos cobardes, pasivos, al borde del ente esperamos milagros, los inventamos. Que terriblemente humano.


-No digas nada, no quiero saberlo-

¿Por qué nos empeñamos tanto en vivir la normalidad del hoy y huimos de la probabilidad del acaso? El amor está entre accidentes; la felicidad se disipa en segundos; las drogas se acaban pronto; el hígado no soporta y, aun así, la realidad continúa con o sin nuestra noticia de ella. Al soñador que se le pide jamás permitir que su sueño sea interpelado, se le presenta el hombre  más asiduo creyente de lo Real. Satanás nos obliga a elegir, armados con toda fragilidad esperamos el golpe sea ligero, sin entender que el riesgo no es que duela, sino que nunca pase, que la vida no suceda jamás. 


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