Vivimos a la vuelta de la esquina. Ese lugar dónde se pierde el territorio entre el afuera y la representación: fantasmáticamente. Añoramos en la hiancia que un tal objeto (A) nos entregue un lugar cálido, aún sabiendo la irremediable consecuencia: No somos nada sino el recuerdo de un azar que alguna vez se jugó en nuestras manos, pero jamás podremos saber de qué cara el dado cayó. No sabemos lo que sabemos. Siempre nos encontraremos atravesados por la ambivalencia, esa tensión que intenta acercarnos al goce; llenando las faltas; llenando lo que está -por definición- originariamente vacío.
Bien hacemos en jugar el juego de la contemporaneidad. Salir -espabilarse un poco- encontrar algo profundo en el cielo-encontrar algo profundo en el suelo-enamorarse-decepcionarse-leer-producir algo de ruido para recordar nuestra propia voz-canturrear. Qué extraña complicidad hay entre tantas almas haciendo lo mismo. Bogotá es una ciudad fría: no de clima, de corazón. Estamos obligados -como la manada de erizos- a acercarnos un poco. No tanto, no tan cerca, puede doler y dolerá. La situación es esta: nos encontramos demasiado ocupados en llenarnos de algo, de alguien, pero demasiado intranquilos para dejar de intentarlo.
Cuanto automatismo. Un hombre entra en un bar y busca a la mujer más bella. Ante su fracaso, busca a la amiga, quien lo llevara irrevocablemente a buscar a la más fea. Así la bella termina sin saber por qué no es capaz de subsidiar sus propios estándares: sola por lo demás. La fea quizá se haga anoréxica, pues el mismo hombre frustrado le señala aquello que en ella no puede tener, algo de tejido adiposo de más o de menos. El mismo hombre entre sus amigos es objeto de burla: subvalorado al nivel de un protozoario con mal gusto. A su vez, estos amigos no son más que hienas; aún suplican una primera vez que le brinde algo de sentido a tanto alarde: la castidad, la condena. La mujer bella sigue yendo al mismo bar esperando a que alguien se le acerque y le hable, se lo pida decentemente y, eventualmente, se despertará algún día en la cama de aquel que le supo decir golfa sin que lo notara. Cuanta insistencia en destruirnos. ¿Acaso nadie más nota que algo en todo esto está teñido con catástrofe?
La ciudad, ese gran anfiteatro, esa nave de locos.

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