8/28/2011

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He who has looked deeply at the sky, can't stare with clear eyes at the world.

Tiendo a sobrevalorar el sentido de los techos. En medio de la resaca -al abrir los ojos- no resta sino la profundidad de aquel cielo grisáceo: dos metros y medio por encima del piso. Es un eterno desconocido, por lo cual, es bueno contar siempre con un extraño, un tercero.

Los techos suelen recordarme series de eventos difusos: abandonos, mudanzas, etilismos, orgasmos, libros, viajes, temperaturas. Comparten todos cierta naturaleza vidriosa; una suerte de musicalidad que proviene de un rocoso océano, aterrador hasta cierto punto pero seductor. Respirar en el ahogo. Es todo un paisaje. Me obliga a cuestionarme.

Cuan hermosa distancia entre el techo y el cuerpo. Tantas veces me he perdido en esa superficie de cemento y su misterioso lenguaje, en su juego con el humo, por temor a no sentir la piel que descansa a mi lado, a saberse -tal vez- demasiado acompañado de sí. El techo es el lugar donde se contienen todos los deseos; cadenas de personas que aspiran liberarse condicionalmente de la realidad, del golpe, del impulso afectivo, del error, de la melancolía; encuentran cierto cobijo para seguir soñando con el suceder de todo aquello que los dejará esperando. Mientras envejecemos patéticamente, al menos tenemos certeza de que un techo es necesario para exhalar un poco del alma antes de dormir.

Prefiero compartir un cielo raso que una cama, indistintamente de la relación unívoca entre ambos. El tiempo y su paso hace menos poético el acaecer entre sábanas, mientras la caída de una roca impregnada de vivencias exhorta el vaho de una existencia, su sinceridad sobre su concupiscencia. El techo permite una huída, un escape a la mirada. No puedo dejar de pensar en la bestia mítica de Lacan, en la máscara correcta.

Siempre he dicho con cierto sarcasmo que deberían existir clases de contemplación de techos, extraña cualidad aquella que nos permite parodiarnos.

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