9/04/2011

Hay conversaciones que se hacen densidad atmosférica -a lugar- humaredas de palabras, luego cuerpo, luego esencia y finalmente silencio. Sólo así podrán ser dichas de nuevo y, al final del día, pocas cosas importarán excepto ese olor que impregna una suerte de ánima: el alma de J.L. Nancy, cuya locación aunque imperceptible no tiene otro lugar que la piel.

(La piel es el lugar de los verbos)

-Debería sentirse afortunada, nunca antes me había permitido sostener tantas palabras con una mujer de su edad. Tantos malos pensamientos.-

Así, dónde se acaban las palabras, necesariamente emerge una cierta exterioridad del deseo. Un buen conversador sabe donde callar, donde imprimir con el silencio pues, hay de facto una sinfonía idónea, un gorjeo en el signo que busca el contacto, lo Real.

(La piel es el lugar de los cuerpos)

Una vez el silencio las palabras son accesorias, intentos precarios de defensa, a la disolución tal vez, a la resolución. Con un pie en el abismo gritamos. En el balbuceo tratamos de dar sentido a aquello que por naturaleza carece del mismo, pura insistencia de lo intenso es el cuerpo, tanto goce como es posible soportar o padecer.

-Sus manos son hermosas, alargadas. Son como sus piernas.

-Eso, lo veremos en el cuarto.

Words to memorize, Words hypnotize, Words make my mouth exercise. Words all failed the magic prize: nothing I can say when I’m in your thighs.

Oh my my my my mom, my mother!

I would love to love you lover, the city is restless and it’s ready to pounce, here in your bedroom ounce for ounce.

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